Lo más importante en su vida: Vd


Lo
más importante en su vida




Individuo -> Despertar a uno mismo (camino de la auto dependencia) -> Despertar
a otro (camino del encuentro) -> Despertar del duelo (camino de las lágrimas) ->
VIDA PLENA gran despertar
(camino de la felicidad)

Es necesario el amor para experimentar el duelo de una pérdida.
Es necesario el dolor de la muerte para superarla.
Es necesario haber pasado por muchas muertes antes de encontrar el camino de la
felicidad.
Este esquema busca revelar, una vez más, el poder con que actúa el duelo sobre nuestras
vidas.
Respecto del desarrollo cognitivo del individuo, la muerte tiene más trascendencia que el amor; es decir, la muerte aporta más que el amor al conocimiento de la vida. Y si bien es cierto que las pérdidas no necesitan ser deseadas, no es menos cierto que ellas estarán en nuestra ruta.
Pero no parece sensato desear la muerte para adquirir dicho conocimiento, es suficiente con despertar.
Cito pues, completando a Gurdjieff, a un periodista estadounidense llamado Ambrose
Bierce:
Si quieres que tus sueños se vuelvan realidad, es necesario despertar.

Las dificultades se nos revelan, pues, como etapas positivas de
la vida, ya que son ellas las que nos permiten llegar a la felicidad.

A menudo creernos que el conflicto y la frustración significan la pérdida de la felicidad.
Pero esto sólo es cierto si se identifica la felicidad con la postura infantil de la vida manejada por el deseo de satisfacción infinita del principio del placer.
Las pérdidas traen siempre aparejada una crisis en el individuo, pero no necesariamente una pérdida de la felicidad.



Estamos
hechos
para lograr la felicidad





Es evidente que los sentimientos de amor, afecto, intimidad y solidaridad coexisten casi siempre con mayores niveles de felicidad. No sólo poseemos el potencial necesario para amar, nuestra naturaleza básica o fundamental de los seres humanos es el amor mismo.


La ira, la agresividad y la violencia pueden surgir, pero se producen cuando no soportamos ser frustrados en nuestro intento de conseguir ser amados, apreciados, reconocidos o valorados. Aquellas emociones no son, pues, parte de nuestra naturaleza saludable, sino más bien subproductos tóxicos de la degradación de la tendencia amorosa innata.
La humanidad tardará mucho o poco tiempo en saberlo, pero tarde o temprano comprenderá que así como el hombre aprende a renunciar a ciertos alimentos que lo dañan, debe también aprender a renunciar a ciertas emociones que lo perjudican.
Revisar nuestros presupuestos sobre la naturaleza fundamental de los seres humanos, pasando de lo competitivo a lo cooperativo, abre nuevas posibilidades para todos. El niño recién nacido sirve como ejemplo perfecto y prueba de esta teoría. En el momento de nacer —supone la psicología clásica— tiene una sola cosa en su mente: la satisfacción de sus propias necesidades y su bienestar individual.
Sin embargo, sí dejamos de lado este supuesto y nos dedicamos a observar a un niño recién nacido y a los que lo rodean, en los primeros momentos veremos que el bebé está aportando, por lo menos, tanto placer como el que recibe.
Muchos biólogos vienen sosteniendo que los cachorros de todas las especies están biológicamente programados para reconocer y responder siguiendo una pauta biológica profundamente enraizada que provoca comportamientos bondadosos, tiernos y atentos en el cuidador, comportamientos que a su vez también son instintivos. Son muy pocas las personas que no experimentan un verdadero placer cuando un bebé las mira y les sonríe. Bien podría sostenerse que éste es un recurso de la naturaleza para que aumente la oportunidad de un recién nacido de ser cuidado y atendido tanto como necesita para su supervivencia.
Este ser que muchas veces solemos describir como un tirano egoísta y exigente, más bien parece una criatura dotada de un mecanismo diseñado para seducir y complacer a los demás.
Por supuesto que en este camino vamos abandonando la noción hegeliana del amo y el esclavo para concluir que la humanidad está diseñada desde el amor y no desde la agresión. Parece fácil desde aquí demostrar la naturaleza bondadosa y generosa de los seres humanos con el sencillo argumento de que el niño nace ya con una capacidad innata para aportar placer a otro, a la persona que lo cuida.
Si pudiéramos centrarnos en este análisis de los hechos, nuestra relación con el mundo que nos rodea cambiaría inmediatamente. Ver a los demás con ternura nos permite relajarnos, confiar, sentirnos a gusto y ser más felices.
Me pregunto entonces: ¿cómo no sentir ternura si, aunque sea por un instante, consigo imaginarme al bebé que cada uno de mis más detestados adversarios fue en algún momento?



Felicidad
y
razón




Es innegable que las personas deben usar su mente si desean ser felices; pero el hecho de que el pensamiento y la inteligencia sean esenciales para comprender la felicidad no implica, de ninguna manera, que gozar de la capacidad intelectual de los genios ofrezca mejores posibilidades de ser feliz.
No obstante, necesitamos la conciencia cíe que vivir plenamente exige un grado mínimo de reflexión, la disciplina para superar nuestra natural inclinación a la urgencia hedonista y la sabiduría de interrogarnos y responder, sinceramente, a la pregunta:
¿Soy feliz haciendo esto que hago?
Obviamente, esta interrogante conlleva la necesidad de una definición previa:
¿Existe la felicidad?
¿Es una realidad o una ficción?
¿Es un mito, como dijo alguna vez la gran Tita Merello?
¿Es sentir amor, como cantaba Palito Ortega?
Una vez escuché a un cínico (en el sentido filosófico) sostener que la felicidad era una palabra inventada por algunos poetas para que rime con amistad y eternidad.
La cita, más allá del contenido, plantea una propuesta bastante complicada, significativa y no poco trascendente. Porque sobre el significado de la felicidad —al igual que sobre algunos otros conceptos— es necesario tener una posición tomada.
No creo que haga falta tener una definición clara sobre todas las cosas, pero hay por lo menos cinco cosas sobre las cuales un individuo en proceso de crecimiento debería definir su posición; una postura mínima de resolución, un enfoque claro, una decisión tomada; no importa si es ésta, aquélla, la de enfrente o la otra, importa que sea la propia, la conozca y la defienda coherentemente en sus acciones.
Cuando estoy en una charla con colegas, siempre digo que un buen terapeuta no es alguien que deba tener todo resuelto, pero sí es alguien que debería haber resuelto esas cuatro o cinco cosas importantes, aquéllas en las que seguramente sus pacientes o sus consultantes van a tener problemas, muchas veces serios.
En cuanto al resto de las cosas, quizá su postura no sea fundamental. Pero para trabajar en salud mental, repito, estas pocas cosas puntuales deben estar resueltas o, por lo menos, claramente acomodadas.
Déjame desarrollar la idea tomando una de ellas como ejemplo: la relación con los padres.
SÍ cualquier persona no tiene resuelto este tema, está en problemas; pero si pretende dedicarse a ser terapeuta, su problema garantiza una complicación para alguien más, ¿Qué quiere decir tenerlo resuelto? En este caso quiere decir "fuera del punto de conflicto".
La resolución —-que puede ser tan detestable como: "no los quiero ver nunca más"— no me parece trascendental, pero debe estar tomada sincera y comprometidamente.
Para graficar lo contrario (no tener resuelta la relación con los padres) incluiría los siguientes planteamientos: ¿los mato o los salvo? ¿Los voy a ver o no los veo nunca más? ¿Los quiero o los odio? ¿Las dos cosas o ninguna?
Y esto es lo que no sirve.
Es en este sentido que vale la pena preguntarse:
¿Qué significa para mí la felicidad?
Fíjate que lo importante no es definir la felicidad de todos, ni qué debe significar para
los demás. Lo importante, lo imprescindible —me siento tentado de decir lo urgente—,
es decidir qué significa la felicidad para cada uno.
En este libro no intento describir LA posición que hay que tener, sino UNA posición,
que incidental mente es la mía.
En especial, porque sobre el significado de la felicidad no se puede legislar. Cuando uno intenta llegar a algún lugar, transitar un espacio, muchas veces se ocupa de buscar las propias maneras. En mi caso, cuando advertí que no podía definirme respecto de la felicidad, empecé a ocuparme del asunto con más inquietud, y dediqué más tiempo a pensar este punto hasta encontrar, por fin, una posición que fuera coherente y armónica con el resto de mis ideas.
Tú tendrás que buscar la propia, seguramente. Y es casi predecible que no coincidamos.
De todos modos, compartir las reflexiones de mi itinerario tal vez pueda servir para aclarar puntos oscuros en las rutas que te hayas trazado (mi necesidad de ser útil se conforma con algún punto de contacto).
No es otra la idea que motiva este artículo. Porque lo que importa es ir en pos de una respuesta.
¿Y no sería mejor esperar que la vida me la acerque?
Lo que importa a la hora de encontrar respuestas es —me parece a mí— relacionarse con la duda en lugar de intentar escapar de ella; ir hacia el conflicto; buscar una salida aun sabiendo que ésta será la puerta de entrada a nuevas dudas, y así hasta el infinito.
"Ir hacia" nos lleva, como definición, a una palabra que tiene cientos de significados siniestros y uno solo amoroso y generador. Me refiero al concepto de agresividad.
Agresivo etimológicamente quiere decir "lanzarse hacia algo" y es lo contrario de regresivo (de retroceder, de ir para atrás; en términos "psí", escapar hacía el pasado).
No hay ninguna felicidad, y de eso estoy seguro, que se pueda obtener del escapar, y mucho menos de huir hacia el pasado.
Agresivo, tal como yo lo entiendo, no quiere decir "que es hostil", quiere decir que enfrenta las cosas, que no huye, que no mira para otro lado, que no delega la responsabilidad, que se compromete.
El primer paso del desarrollo de nuestro "factor F" es la necesidad de definir nuestra posición acerca del significado de la felicidad, relacionándonos agresivamente con nuestras dudas, con nuestros condicionamientos y con nuestras contradicciones; comprometiéndonos en esta búsqueda hasta el final, es decir, para siempre.


La felicidad, cualquiera sea nuestra definición,
tiene que ver con una postura de compromiso
incondicional con la propia vida.


Un compromiso con la búsqueda única, personal e intransferible del propio camino. Tan
personal y tan intransferible como la felicidad misma.
Puedo compartir lo que tengo...
Puedo contarte lo que siento...
Puedo dedicarte lo que hago...
Puedo elegirte y estar contigo en mis momentos más felices.
Pero no puedo compartir mi felicidad.











Grupos de Google
Suscribirte a Consejos espirituales
Correo electrónico:

Consultar este grupo